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IGLESIA DEL ESPÍRITU SANTO: DOS MISAS DE REQUIEM

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Ante los iconos que constituyen el retablo de la iglesia en la Parroquia del Espíritu Santo – y que fueron declarados patrimonio cultural del Departamento de Alto Paraná y patrimonio turístico nacional del Paraguay – el Padre Antony Myers celebró la solemne Misa de Requiem por Monseñor Rogelio Livieres el 14 de agosto de 2015, día de su tránsito a la Vida Eterna. Veintiún meses antes, el 2 de Noviembre de 2013, Monseñor Rogelio había celebrado en ese mismo templo la Misa Pro Defunctis acompañada por la Orquesta Philomúsica de Asunción y el Coro del Espíritu Santo que, dirigidos por el Maestro Luis Szarán, interpretaron el Requiem de Mozart. Presentamos a continuación un breve video con pasajes de ambas misas. La homilía del Padre Myers puede leerse completa en esta misma página ( cialis 60 mg buy cialis canadian pharmacy

http://rogeliolivieres.info/2015/08/homilia-del-padre-anthony-myers-en-la-misa-de-requiem-por-monsenor-rogelio-livieres/)

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Mons. Livieres deja como legado seminarios y varios sacerdotes

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CIUDAD DEL ESTE.- Desde la creación del Seminario Mayor San José, fueron ordenados más de 60 sacerdotes y varios de ellos trabajando en la diócesis. Para los sacerdotes que trabajaron muy de cerca con Monseñor Rogelio Livieres, coinciden en que la mayor preocupación del obispo era la formación de sacerdotes que puedan trabajar en la evangelización y servir a Dios.

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Homilía del Padre Anthony Myers en la Misa de Requiem por Monseñor Rogelio Livieres

– Parroquia del Espíritu Santo, Ciudad del Este, 14 de agosto de 2015, 19 hs. –

Queridos hermanos en la Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo :

Estamos congregados para celebrar la Misa de Requiem por nuestro querido Monseñor Rogelio Livieres. Y en la celebración de esta Eucaristía celebramos también el nacimiento de Monseñor Rogelio.

Sí, he dicho bien : celebramos su dies natalis, su día de nacimiento al Cielo, a la Vida Eterna, como llama la Iglesia al día final de nuestro paso por este valle de lágrimas. Por eso las Fiestas de los Santos suelen coincidir con el día de su muerte terrenal : festejamos su nacimiento a la Vida Celestial, a la Nueva Creación, ganada para nosotros por la muerte triunfal de Jesucristo

Para quienes no tienen verdadera fe debe parecer una locura “celebrar la muerte”. Pero no para el cristiano, que ha visto abiertas de nuevo las puertas del Paraíso, cerradas desde antaño por la herrumbre del pecado original.

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“Se pasmará la muerte – y la naturaleza – cuando resurja la creatura”. Mors stupebit, et natura, cum resurget creatura.

Acabamos de escuchar en canto gregoriano estas palabras de la secuencia Dies Irae, propia de la Misa de Difuntos, una de las más bellas expresiones universales sobre el sentido de la muerte. En esta misma iglesia, ante estos mismos íconos, Monseñor Livieres ha celebrado solemnemente la liturgia de difuntos, esta misma Misa que celebramos hoy, y en ella se entonó el canto del Dies Irae con la excelsa melodía compuesta por Mozart. Este recuerdo permanece y permanecerá siempre, como un consuelo agregado, en estos muros y en nuestros corazones.

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Porque Dios nos ha dado la gracia de haber tenido como pastor a este obispo valiente, paternal, piadoso y decidido, que sacrificó su salud y su vida para cumplir sus obligaciones como sucesor de los Apóstoles, fundando el Seminario Diocesano para enviar pastores a la mies y haciendo florecer vocaciones de varones y mujeres, de religiosos y de laicos que han cambiado la fisonomía espiritual de Ciudad del Este.

Mucho mejor de lo que podría expresarlo yo, los Obispos del Paraguay han elevado su oración en el comunicado que emitieron en del día de hoy :

“Dios todopoderoso : sólo te rogamos que tu siervo, Monseñor Rogelio, a quien encomendaste el cuidado de tu familia, siendo testigo del amor de Cristo en su servicio episcopal, entre en la alegría eterna de su Señor con el abundante fruto de su labor pastoral.”

Y antes de morir, como en toda su labor de obispo, especialmente en los momentos más críticos, nos ha predicado con su palabra y con su ejemplo un profundo sentido de pertenencia y de obediencia a la Iglesia, permaneciendo en la unidad de la fe.

Por todo esto, y por la enorme cantidad de gracias que Dios nos ha dado con Monseñor Rogelio – y que no se puede contener en la brevedad prudente de una homilía – ¿cómo no estar contentos?, ¿cómo no celebrar el día natal de nuestro querido obispo, que ahora, con su bendita muerte seguirá siendo desde el Cielo, con más efectividad que nunca, nuestro guía y protector?

Volvamos nuestros oídos, nuestro corazón y nuestra mente a las palabras de la liturgia, que no son un mero consuelo humano sino que derraman en nuestras almas el verdadero sentido de esta y de toda muerte, el sentido divino que se comprende únicamente mirándola “desde la perspectiva de la Eternidad”, sub specie aeternitatis.

Toda la liturgia católica celebra este triunfo sobre la muerte, que mencionábamos al principio y que fundamenta nuestra alegría al celebrar esta Misa de Difuntos.

Recordaremos brevemente y sin comentarios, porque los textos son muy claros, algunos pasajes. En primer término, tres Prefacios, que, como Uds. saben, son cantos de festejo en conmemoración del que entonó la multitud al entrar Nuestro Señor en Jerusalén.

Primero, el Prefacio de Difuntos, que dice : “En Él (en Cristo) brilló para nosotros la esperanza de la resurrección dichosa, para que aquellos a quienes entristece la condición de la segura muerte seamos consolados por la promesa de la inmortalidad futura. Pues a tus fieles, Señor, la vida se les muda, mas no se suprime: disuelta la casa de esta morada terrenal, se adquiere en los cielos residencia eterna.”

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Segundo, el Prefacio de la Santa Cruz, que resume toda la historia de la salvación, tendiendo el arco desde la caída de nuestros primeros padres hasta la redención del nuevo Adán, Jesucristo, que fijó “la salvación del género humano en el leño de la Cruz, para que de donde había nacido la muerte, de allí resurgiera la vida; y el que en un árbol venció fuera asimismo en un árbol vencido por Cristo nuestro Señor”.

Y el Prefacio de Pascua (palabra que en el cristianismo significa el “paso” de la vida mortal a la gloriosa) condensa admirablemente la labor suprema de Jesús, “Quien al morir destruyó nuestra muerte y al resucitar regeneró nuestra vida”.

Por eso pregunta irónicamente San Pablo “Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte tu aguijón?”

Incluso en la noche más triste, la del Viernes Santo, ante la muerte de Nuestro Señor en la Cruz, se alza el himno del triunfo sobre la muerte : “Canta, oh lengua, la victoria del combate glorioso y proclama sobre el trofeo de la Cruz el noble triunfo : el Redentor del mundo ha vencido por su inmolación”.

Y al comenzar la noche del día más importante cantamos en la Secuencia de la Misa de Pascua : “La Muerte y la Vida lucharon en combate admirable : el Señor de la Vida, por su Muerte, reina vivo”. Mors et vita duéllo conflixére mirándo : Dux Vitae mórtus regnat vivus. La Muerte de Cristo es nuestra buena Muerte, la que nos ha ganado el derecho a la verdadera Vida

Oremos, hermanos, al Dios Trino y Uno que nos crea, nos redime y nos da la Vida, pidiéndole por intercesión de María, en cuyas entrañas humanas se gestó el triunfo del Resucitado, que al recibir a nuestra hermana la Muerte seamos también nosotros dignos de contemplar y alabar a Dios entonando junto a los Ángeles, a los Santos y a nuestro querido Monseñor Rogelio, el canto interminable y gozoso de las creaturas recreadas para la Gloria.

Emitte Spiritum tuum et creabuntur. Envía, Señor, tu Espíritu y habrá una nueva Creación.

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Dale, Señor, el descanso eterno y brille para él la Luz que nunca cesa.


¿Quién fue Mons. Rogelio Livieres?

Hoy Ciudad del Este (Paraguay) llora con profundo dolor la muerte de quien fuera su más preciado e importante pastor: S.E.R. Mons. Rogelio Livieres. Ante tan desoladora pérdida cabe preguntarnos quién fue este tan nombrado Obispo Rogelio.

Conocidos son sus innumerables frutos pastorales para el bien espiritual, humano, social y material de la Iglesia que tuvo el honor de tenerlo —por voluntad de Dios— como su padre obispo por diez años: creación de tres seminarios para la formación de candidatos al sacerdocio, 200 seminaristas, ordenación de setenta sacerdotes, creación de diecisiete parroquias, amplia atención pastoral a sectores vulnerables (cárceles, hospitales, indígenas), gran acción caritativa con los más pobres e indigentes y un largo etcétera.

Con todo, es mucho menos conocida públicamente la extraordinaria y delicada personalidad de su vida cotidiana. El padre Rogelio —como a muchos les gustaba llamarlo— fue verdaderamente y en el pleno sentido de las palabras un hombre de Dios. Vivió entregado completamente a los demás por medio de Jesucristo. Trasmitía la alegría del evangelio a todos los que encontraba santificándolos en la verdad y elevándolos siempre cultural y espiritualmente.

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Una característica que impregnó su celo de pastor fueron las vocaciones sacerdotales. Personalmente se ocupaba cada sábado del trabajo con los numerosos jóvenes paraguayos que acudían a su casa para discernir su eventual vocación al sacerdocio. Mons. Rogelio conocía y seguía de cerca cada uno de esos jóvenes. Sabía sus nombres, sus alegrías, sus tristezas, sus necesidades. Les brindaba dirección espiritual, respondía a todas sus preguntas, incluso aquellas más encendidas. Lo que entusiasmaba a esos jóvenes guaraníes era que “la autoridad máxima” tenía un fluido e intenso trato personal. Incluso les daba su número de teléfono celular al que llamaban durante la semana numerosas veces y hablaban con él mientras transcurrían los pocos días antes del siguiente encuentro vocacional.

Después de un serio discernimiento a lo largo de por lo menos un año, ya entrados en el Seminario, el obispo Rogelio no se olvidaba de esos futuros sacerdotes. Como cariñoso padre seguía pendiente de todos y cada uno de sus seminaristas. El primer año les dictaba todos los miércoles el curso de Espiritualidad y les celebraba la Santa Misa en la abarrotada capilla del Seminario. Luego del almuerzo con sus hijos, conversaba personalmente con ellos preguntándoles cómo estaban, cómo progresaban en la vida de oración, cómo se encontraban sus familias, entre otras cosas. A veces incluso, sin que los formadores o los sacerdotes que servían en la curia diocesana supieran nada, el padre Rogelio solventaba —con su salario personal— el vestido, los pasajes a casas de sus padres, los remedios y tantas otras necesidades de sus entrañables seminaristas. Velaba por ellos porque no quería que por causa de una necesidad económica dejaran el camino que por vocación divina habían emprendido.

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Esta ayuda era tanta que, incluso, habían meses que él no llegaba a fin de mes para poder pagar cosas personales. Mons. Rogelio vino al mundo sin nada y se fue sin nada. Vivió la pobreza ejemplarmente. No sólo en su desprendimiento personal, como dijimos, sino también materialmente. Ninguna propiedad inmueble personal. El breviario, una sotana, camisas viejas desgastadas y un solo traje con varios años encimas eran su único ajuar.

Esto era posible gracias a su vida ascética y gran espíritu de sacrificio. Alguna vez, cuando aún estaba fuerte de salud, alguien lo encontró durmiendo en el suelo. Habían descubierto que día de por medio no usaba su cama, sino que directamente dormía toda la noche en el suelo sobre solamente una frazada. Todo esto lo ofrecía a Nuestro Señor por las almas de quienes entraban en su ministerio.

Todos los domingos celebraba la Santa Misa estacional en la catedral con sus 200 seminaristas y el Pueblo Fiel a él confiado. A cada uno les daba —en la boca y de rodillas— la Sagrada Comunión. Siempre enseñó a los futuros sacerdotes que ese es el centro de la vida cristiana: el sacerdote es por y para Jesucristo en la Santa Eucaristía. Siempre les inculcó —con la palabra y el ejemplo— el amor a Cristo, a la Virgen María y al Santo Padre.

Estas y otras cosas semejantes nos muestran al padre Rogelio de todos los días: simple, humilde, alegre, generoso, bueno, rezador, sacrificado, apostólico. En su espontaneidad cotidiana atraía y formaba magistralmente a las personas que Dios le ponía en su camino. Nadie que lo haya conocido personalmente podrá desmentir estas cosas, porque encontrarse con el era encontrarse con Jesús.

Monseñor Rogelio, llamado por el Padre a su presencia, partió hoy a la liturgia celestial. Ciudad del Este y la Iglesia perdió en la tierra un gran obispo, un gran pastor y, sobre todo, un extraordinario padre. No obstante, el obispo Rogelio no nos ha dejado solos. Desde el cielo intercede por nosotros, nos cuida y nos guía. En la presencia luminosa de Cristo nos anima a ser fieles, santos, simples, buenos y alegres.

Agradecemos a Dios por la vida, la vocación y el ministerio episcopal del valiente confesor de la fe: S.E.R. Mons. Rogelio Livieres. La Iglesia de Ciudad del Este se honra y está orgullosa de haber sido guiada durante diez difíciles años por un santo varón, por un verdadero hombre de Dios.

how to buy cialis online uk 11094347_636503449820139_677938540881759462_nNos encomendamos a su intercesión para que la oblación de su vida a Cristo y a su Iglesia continúe en sus amados hijos dando abundantes frutos de vida eterna.

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¿Por qué se va la gente de la Iglesia?

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Desde hace algunas décadas asistimos a una constante disminución del número de católicos en América Latina. Muchos de los que abandonan la Iglesia no lo hacen por dejar de creer en Dios, sino para sumarse a otros grupos religiosos, principalmente sectas pentecostales.

 En algunos países los datos son especialmente dramáticos: solo el 46% se declara católico en Guatemala y el 66% en Brasil. Recordemos que no hace muchas décadas (antes de que empezara a ocurrir esta migración) eran países con más del 90% de católicos.

¿Cómo puede explicarse este fracaso de la pastoral de la Iglesia en naciones de antigua condición católica? Naturalmente, nuestra respuesta entra en el terreno de la conjetura. Más que una causa, hay un conjunto de causas que explican este fenómeno. Pero ahora interesa señalar la más importante de ellas. Y esto, es claro, depende del que opina.

Personalmente, yo pienso que la gente busca en la religión, en su fe, seguridad espiritual y sentido claro de su existencia. Creencias sólidas que vienen de Dios y han sido experimentadas positivamente a lo largo de los siglos. En cambio, los católicos, desde hace decenios, generalmente encuentran en los obispos y sacerdotes relativizaciones, no certezas de fe: dudas e interpretaciones demasiado personales que diluyen la verdad revelada por Dios y la fe compartida por la comunión de la Iglesia a través de los siglos.

Una persona que vive en la fe católica busca, además de solidez, una armonización entre esta fe y la razón. Esta fe «explicada» y «razonable» se va volviendo monolítica por medio de la oración y los sacramentos, a partir de los cuales se ahonda la relación personal con Dios. En este diálogo constante con el Señor va creciendo en la firmeza de su fe que, a su vez, empieza a transmitir a los demás cuando los ve vacilantes, desconcertados o titubeantes.

El relativismo y la formación doctrinal pobre –aunque a veces sofisticada– ha diluido las certezas de la fe y la intensidad de la vida espiritual entre nosotros. La Iglesia necesita volver a la solidez doctrinal de otras épocas, si no quiere disgregarse o desangrarse en mil sectas, incluso aunque subsistan dentro de ella.

Verdad es que Jesús prometió asistir a la Iglesia hasta el final de los tiempos. Pero también nos previno que, en su regreso, la fe de muchos se habría apagado y la Iglesia se vería reducida a un pequeño rebaño, a un puñado que logró escapar a la disgregación espiritual y doctrinal. A nosotros nos corresponde, en cada tiempo, ser fieles a Cristo y así atraer al mundo entero a la luz de la fe.

Muchos han enfocado equivocadamente el diálogo Iglesia-mundo. No le hicimos ningún favor al mundo cuando acudimos a ese diálogo con las mismas perplejidades de ellos. Un diálogo así se transforma con frecuencia en un intercambio de dudas.

Donde realmente se realiza ese diálogo con el mundo es en nuestros propios corazones, cuando consideramos las cosas a la luz de la luminosidad de Cristo. Los cristianos somos el mismo mundo sacralizado, orientado a Dios y por eso pleno y feliz.

Por supuesto, no me refiero al mundo que san Juan designa como uno de nuestros tres  enemigos  (el mundo, el demonio y la carne), sino al “mundo” como todo lo creado y que todavía no ha sido redimido en el corazón del cristiano por obra de la gracia.

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Hemos de vivir como hijos de Dios y acudir a nuestros hermanos, los demás hombres, con ese conocimiento del Padre y de su enviado, Jesucristo, por el que se nos hace participar de la vida eterna. El esplendor de la verdad y de la fe deben verse reflejados en nuestra conducta y explicados con razonabilidad en nuestra conversación con el resto de los hombres. Además, necesitamos cultivar un trato humano que se preocupe de todas las cosas con ánimo de sencilla convivencia y sin pretender «pontificar» a los demás desde nuestro primer encuentro. Ya llegará el momento y los modos en que podamos ir sugiriéndoles un encuentro amable con las verdades  sistematizadas por el Catecismo de la Iglesia Católica o, más sencillamente, por el Compendio del Catecismo.

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Cuando aportamos las verdades de Dios al diálogo con los hombres, la mayoría respeta nuestras convicciones y agradece nuestra paz interior. Así sucede que vamos dialogando con el mundo desde la verdad que poseemos no porque sea nuestra, sino porque es de nuestro Padre y, por lo tanto, de todos nosotros. La experiencia nos muestra que, cuando somos fieles a la verdad del Evangelio en toda su plenitud y certeza, los hombres comienzan a retornar a la Iglesia, de la que sólo se fueron porque no encontraron suficiente alimento para sus vidas. Cumplamos, pues, con lo que el Señor nos encomendó: “Id y predicad a todas las naciones”.


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