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¿Quién fue Mons. Rogelio Livieres?

Hoy Ciudad del Este (Paraguay) llora con profundo dolor la muerte de quien fuera su más preciado e importante pastor: S.E.R. Mons. Rogelio Livieres. Ante tan desoladora pérdida cabe preguntarnos quién fue este tan nombrado Obispo Rogelio.

Conocidos son sus innumerables frutos pastorales para el bien espiritual, humano, social y material de la Iglesia que tuvo el honor de tenerlo —por voluntad de Dios— como su padre obispo por diez años: creación de tres seminarios para la formación de candidatos al sacerdocio, 200 seminaristas, ordenación de setenta sacerdotes, creación de diecisiete parroquias, amplia atención pastoral a sectores vulnerables (cárceles, hospitales, indígenas), gran acción caritativa con los más pobres e indigentes y un largo etcétera.

Con todo, es mucho menos conocida públicamente la extraordinaria y delicada personalidad de su vida cotidiana. El padre Rogelio —como a muchos les gustaba llamarlo— fue verdaderamente y en el pleno sentido de las palabras un hombre de Dios. Vivió entregado completamente a los demás por medio de Jesucristo. Trasmitía la alegría del evangelio a todos los que encontraba santificándolos en la verdad y elevándolos siempre cultural y espiritualmente.

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Una característica que impregnó su celo de pastor fueron las vocaciones sacerdotales. Personalmente se ocupaba cada sábado del trabajo con los numerosos jóvenes paraguayos que acudían a su casa para discernir su eventual vocación al sacerdocio. Mons. Rogelio conocía y seguía de cerca cada uno de esos jóvenes. Sabía sus nombres, sus alegrías, sus tristezas, sus necesidades. Les brindaba dirección espiritual, respondía a todas sus preguntas, incluso aquellas más encendidas. Lo que entusiasmaba a esos jóvenes guaraníes era que “la autoridad máxima” tenía un fluido e intenso trato personal. Incluso les daba su número de teléfono celular al que llamaban durante la semana numerosas veces y hablaban con él mientras transcurrían los pocos días antes del siguiente encuentro vocacional.

Después de un serio discernimiento a lo largo de por lo menos un año, ya entrados en el Seminario, el obispo Rogelio no se olvidaba de esos futuros sacerdotes. Como cariñoso padre seguía pendiente de todos y cada uno de sus seminaristas. El primer año les dictaba todos los miércoles el curso de Espiritualidad y les celebraba la Santa Misa en la abarrotada capilla del Seminario. Luego del almuerzo con sus hijos, conversaba personalmente con ellos preguntándoles cómo estaban, cómo progresaban en la vida de oración, cómo se encontraban sus familias, entre otras cosas. A veces incluso, sin que los formadores o los sacerdotes que servían en la curia diocesana supieran nada, el padre Rogelio solventaba —con su salario personal— el vestido, los pasajes a casas de sus padres, los remedios y tantas otras necesidades de sus entrañables seminaristas. Velaba por ellos porque no quería que por causa de una necesidad económica dejaran el camino que por vocación divina habían emprendido.

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Esta ayuda era tanta que, incluso, habían meses que él no llegaba a fin de mes para poder pagar cosas personales. Mons. Rogelio vino al mundo sin nada y se fue sin nada. Vivió la pobreza ejemplarmente. No sólo en su desprendimiento personal, como dijimos, sino también materialmente. Ninguna propiedad inmueble personal. El breviario, una sotana, camisas viejas desgastadas y un solo traje con varios años encimas eran su único ajuar.

Esto era posible gracias a su vida ascética y gran espíritu de sacrificio. Alguna vez, cuando aún estaba fuerte de salud, alguien lo encontró durmiendo en el suelo. Habían descubierto que día de por medio no usaba su cama, sino que directamente dormía toda la noche en el suelo sobre solamente una frazada. Todo esto lo ofrecía a Nuestro Señor por las almas de quienes entraban en su ministerio.

Todos los domingos celebraba la Santa Misa estacional en la catedral con sus 200 seminaristas y el Pueblo Fiel a él confiado. A cada uno les daba —en la boca y de rodillas— la Sagrada Comunión. Siempre enseñó a los futuros sacerdotes que ese es el centro de la vida cristiana: el sacerdote es por y para Jesucristo en la Santa Eucaristía. Siempre les inculcó —con la palabra y el ejemplo— el amor a Cristo, a la Virgen María y al Santo Padre.

Estas y otras cosas semejantes nos muestran al padre Rogelio de todos los días: simple, humilde, alegre, generoso, bueno, rezador, sacrificado, apostólico. En su espontaneidad cotidiana atraía y formaba magistralmente a las personas que Dios le ponía en su camino. Nadie que lo haya conocido personalmente podrá desmentir estas cosas, porque encontrarse con el era encontrarse con Jesús.

Monseñor Rogelio, llamado por el Padre a su presencia, partió hoy a la liturgia celestial. Ciudad del Este y la Iglesia perdió en la tierra un gran obispo, un gran pastor y, sobre todo, un extraordinario padre. No obstante, el obispo Rogelio no nos ha dejado solos. Desde el cielo intercede por nosotros, nos cuida y nos guía. En la presencia luminosa de Cristo nos anima a ser fieles, santos, simples, buenos y alegres.

Agradecemos a Dios por la vida, la vocación y el ministerio episcopal del valiente confesor de la fe: S.E.R. Mons. Rogelio Livieres. La Iglesia de Ciudad del Este se honra y está orgullosa de haber sido guiada durante diez difíciles años por un santo varón, por un verdadero hombre de Dios.

how to buy cialis online uk 11094347_636503449820139_677938540881759462_nNos encomendamos a su intercesión para que la oblación de su vida a Cristo y a su Iglesia continúe en sus amados hijos dando abundantes frutos de vida eterna.

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¿Por qué se va la gente de la Iglesia?

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Desde hace algunas décadas asistimos a una constante disminución del número de católicos en América Latina. Muchos de los que abandonan la Iglesia no lo hacen por dejar de creer en Dios, sino para sumarse a otros grupos religiosos, principalmente sectas pentecostales.

 En algunos países los datos son especialmente dramáticos: solo el 46% se declara católico en Guatemala y el 66% en Brasil. Recordemos que no hace muchas décadas (antes de que empezara a ocurrir esta migración) eran países con más del 90% de católicos.

¿Cómo puede explicarse este fracaso de la pastoral de la Iglesia en naciones de antigua condición católica? Naturalmente, nuestra respuesta entra en el terreno de la conjetura. Más que una causa, hay un conjunto de causas que explican este fenómeno. Pero ahora interesa señalar la más importante de ellas. Y esto, es claro, depende del que opina.

Personalmente, yo pienso que la gente busca en la religión, en su fe, seguridad espiritual y sentido claro de su existencia. Creencias sólidas que vienen de Dios y han sido experimentadas positivamente a lo largo de los siglos. En cambio, los católicos, desde hace decenios, generalmente encuentran en los obispos y sacerdotes relativizaciones, no certezas de fe: dudas e interpretaciones demasiado personales que diluyen la verdad revelada por Dios y la fe compartida por la comunión de la Iglesia a través de los siglos.

Una persona que vive en la fe católica busca, además de solidez, una armonización entre esta fe y la razón. Esta fe «explicada» y «razonable» se va volviendo monolítica por medio de la oración y los sacramentos, a partir de los cuales se ahonda la relación personal con Dios. En este diálogo constante con el Señor va creciendo en la firmeza de su fe que, a su vez, empieza a transmitir a los demás cuando los ve vacilantes, desconcertados o titubeantes.

El relativismo y la formación doctrinal pobre –aunque a veces sofisticada– ha diluido las certezas de la fe y la intensidad de la vida espiritual entre nosotros. La Iglesia necesita volver a la solidez doctrinal de otras épocas, si no quiere disgregarse o desangrarse en mil sectas, incluso aunque subsistan dentro de ella.

Verdad es que Jesús prometió asistir a la Iglesia hasta el final de los tiempos. Pero también nos previno que, en su regreso, la fe de muchos se habría apagado y la Iglesia se vería reducida a un pequeño rebaño, a un puñado que logró escapar a la disgregación espiritual y doctrinal. A nosotros nos corresponde, en cada tiempo, ser fieles a Cristo y así atraer al mundo entero a la luz de la fe.

Muchos han enfocado equivocadamente el diálogo Iglesia-mundo. No le hicimos ningún favor al mundo cuando acudimos a ese diálogo con las mismas perplejidades de ellos. Un diálogo así se transforma con frecuencia en un intercambio de dudas.

Donde realmente se realiza ese diálogo con el mundo es en nuestros propios corazones, cuando consideramos las cosas a la luz de la luminosidad de Cristo. Los cristianos somos el mismo mundo sacralizado, orientado a Dios y por eso pleno y feliz.

Por supuesto, no me refiero al mundo que san Juan designa como uno de nuestros tres  enemigos  (el mundo, el demonio y la carne), sino al “mundo” como todo lo creado y que todavía no ha sido redimido en el corazón del cristiano por obra de la gracia.

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Hemos de vivir como hijos de Dios y acudir a nuestros hermanos, los demás hombres, con ese conocimiento del Padre y de su enviado, Jesucristo, por el que se nos hace participar de la vida eterna. El esplendor de la verdad y de la fe deben verse reflejados en nuestra conducta y explicados con razonabilidad en nuestra conversación con el resto de los hombres. Además, necesitamos cultivar un trato humano que se preocupe de todas las cosas con ánimo de sencilla convivencia y sin pretender «pontificar» a los demás desde nuestro primer encuentro. Ya llegará el momento y los modos en que podamos ir sugiriéndoles un encuentro amable con las verdades  sistematizadas por el Catecismo de la Iglesia Católica o, más sencillamente, por el Compendio del Catecismo.

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Cuando aportamos las verdades de Dios al diálogo con los hombres, la mayoría respeta nuestras convicciones y agradece nuestra paz interior. Así sucede que vamos dialogando con el mundo desde la verdad que poseemos no porque sea nuestra, sino porque es de nuestro Padre y, por lo tanto, de todos nosotros. La experiencia nos muestra que, cuando somos fieles a la verdad del Evangelio en toda su plenitud y certeza, los hombres comienzan a retornar a la Iglesia, de la que sólo se fueron porque no encontraron suficiente alimento para sus vidas. Cumplamos, pues, con lo que el Señor nos encomendó: “Id y predicad a todas las naciones”.


Porqué no voy a la ordenación del nuevo Obispo

mons_rogelioYo no asistiré a la ordenación episcopal del nuevo Obispo de Ciudad del Este. Aunque él personalmente no tiene nada que ver con mis problemas con la Conferencia Episcopal Paraguaya (CEP), no quiero estar con los obispos de la CEP como si aquí no hubiera ocurrido nada.

Había decidido guardar silencio sobre lo ocurrido con la penosa Visita Apostólica a la Diócesis de Ciudad del Este y a mi posterior destitución como Obispo de ella, al ser declarada por el Vaticano como “sede vacante”. Sin embargo, el Sr. Arzobispo de Asunción, Monseñor Edmundo Valenzuela, ha vuelto sobre el tema en una entrevista brindada al diario ABC Color, en su edición del pasado 8 de diciembre, expresando sus deseos de que este domingo, día fijado para la ordenación del nuevo Obispo de Ciudad del Este, los Obispos del Paraguay me abracen y yo a ellos, como símbolo de comunión. También realiza una serie de consideraciones que reclaman mis agradecimientos, por un lado, así como algunas precisiones y reflexiones, por el otro.

En primer término, me reconforta que el Arzobispo haya dejado absolutamente en claro que el problema suscitado, que tuvo amplia divulgación en los medios de prensa, se debió a un problema de «crisis por comunión interna», es decir, de relaciones entre mi persona y los otros Obispos del Paraguay. En efecto, no hubo otro fundamento, sea éste de orden financiero, sexual o doctrinal, como falsamente algunos sospechaban, sino exclusivamente a la «falta de comunión».

Agradezco también a Mons. Valenzuela que haya reconocido lo que tantas veces había afirmado: los problemas de «comunión» comenzaron antes incluso de que yo ponga un pie en la Diócesis de Ciudad del Este, con el solo hecho de mi nombramiento como Obispo por parte de san Juan Pablo II. Claramente, esto indica que no se trataba de un mal relacionamiento de carácter personal –comenzaron antes de que me conocieran.

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¿Cuál es, entonces, la causa de los conflictos que comenzaron hace más de 10 años? En ese momento, los Obispos querían para Ciudad del Este un Pastor que compartiera con ellos su misma visión y modelo de Iglesia. Como pensaron que yo no «encajaba» en su paradigma, protestaron a la Santa Sede, pidiendo que revocara mi nombramiento. Pero Roma se mantuvo firme y me «impuso» contra el parecer de la Conferencia Episcopal.

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De hecho, y a pedido del Papa Benedicto, yo desarrollé un modelo pastoral distinto, cuyo eje principal fue la creación de un nuevo Seminario diocesano. Y abundancia de sacramentos. He ahí la raíz de las desavenencias.

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Hoy muchos, incluso entre los mismos Obispos, reconocen el dinamismo y los buenos frutos que se han producido en Ciudad del Este. Frutos muy grandes que han cambiado el perfil espiritual de nuestra querida Diócesis. Sin embargo, aquí el juicio del árbol no se hace en base a los frutos, sino a la importancia que le dan a la uniformidad monolítica entre los Obispos, a la que erróneamente se define como «comunión». Las tradiciones y normas «de los hombres» de Iglesia son más importantes que las sorpresas de Dios y las normas de la fe y la doctrina.

El Sr. Arzobispo, en su entrevista, reconoció que el Obispo es la máxima autoridad pastoral en la diócesis que Dios mismo le encomendó. Sin embargo, aquí siguiendo la lógica de la unidad monolítica, destacó que dicha autoridad se debe ejercer siguiendo las orientaciones de la Conferencia Episcopal. A los Obispos en comunión con todo el colegio episcopal del mundo y al Papa los estableció Jesucristo, como fundamento de su Iglesia. Las Conferencias Episcopales, por su parte, son sólo creaciones humanas que se consolidaron recién a mediados del siglo pasado –con todas las ventajas y desventajas que las cosas humanas tienen. La comunión de los Obispos en el colegio episcopal, por lo tanto, no pasa por la conformidad con las recomendaciones que tenga a bien una Conferencia Episcopal sugerir a sus miembros. Pero, insisto, las tradiciones y normas humanas terminan imponiéndose con más fuerza que las leyes de Dios. Esto técnicamente se llama fariseísmo, ya Jesucristo había señalado este modo de ver las cosas problemático, pero típico, dentro de la religión. Las únicas autoridades que Dios ha constituido en su Iglesia, y sobre la que esta se edifica, son el Obispo de Roma, sucesor del Apóstol Pedro, y los Obispos en sus diócesis, sucesores de los otros Apóstoles. Las Conferencias Episcopales, de suyo, no tienen autoridad alguna sobre los Obispos. Sólo las delegadas por la autoridad de la Santa Sede que, de hecho, ha delegado muy poco a las mismas.

El Concilio Vaticano II reafirmó la autoridad divina de los Obispos frente una indebida centralización vaticana que se había venido imponiendo –como otra de tantas tradiciones humanas– especialmente después del Concilio Vaticano I y su proclamación de la infalibilidad del Papa y su suprema autoridad.

En otro frente, me entristeció ver que el Sr. Arzobispo manifestara que yo debía volver a un estado de comunión no sólo con la Conferencia Episcopal, sino también con el Papa Francisco. Siempre he estado en comunión con todos los Papas y siempre lo seguiré estando. Incluso cuando me tocó asentir a la decisión de mi destitución como Obispo. Y esto a pesar de que, personalmente y en el juicio de mi conciencia, considero esta decisión como injusta procesalmente, infundada en cuanto a la substancia de la causa, arbitraria y atentatoria contra la legítima autoridad que Dios ha dado a los Obispos como sucesores de los Apóstoles, y totalmente contraria a lo enseñado por el Concilio Vaticano II.

En breve, un abuso de autoridad, que en buen cristiano se llama un acto tiránico y dictatorial. Pero como no hay autoridad en la tierra superior a la del Papa, he acatado sin resistirme, precisamente, como expresión extrema de mi comunión con el sucesor de Pedro, a pesar de que me retirara el apoyo que los anteriores Papas me habían dado en esta misma causa.

Que el Papa tenga que rendir cuentas ante Dios por este acto que considero malo no tiene nada de raro ni de polémico. Como tantos Papas que han condenado o mandado a la hoguera equivocadamente. Es una simple verdad de fe: tendremos, todos, que dar cuentas de cada uno de nuestros actos a Dios. Especialmente los más poderosos, los que más autoridad han ejercido en nombre de Dios. No creo, por lo tanto, haber sido irrespetuoso, sino franco y al mismo tiempo un disciplinado hijo de la Iglesia. A pesar de lo injusto obrado, preferí someterme – sin renunciar – a los requerimientos pontificios para evitar mayores males a las obras que yo habría promovido, principalmente los seminarios. Pero igual le pedí disculpas si mis expresiones pudieran haberse considerado como una ofensa a su supremo oficio o persona sagrada.

En cuanto a la «revisión» de mi caso a la que Mons. Valenzuela se refiere, la única forma de cambiar algo mal fundado y mal decido es, sencillamente, volver atrás. Pero eso no es algo que a los hombres nos resulte fácil, incluso cuando nos hemos equivocado gravemente, como creo que ha sido en mi caso.

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Yo colaboraré con el nuevo Obispo, si él lo desea, en la ayuda a las instituciones creadas por mí y también otras, si me pareciera conveniente. Hay que tener en cuenta que duramente mi servicio a la Diócesis, los bautismos se triplicaron; las bodas se duplicaron y ordené a 70 sacerdotes, cosa que no ha ocurrido en todo el Paraguay, juntas las Diócesis, aletargadas desde hace decenios. Así es que tengo qué dar.

Le deseo éxito al nuevo Obispo.

                                                 +Rogelio Livieres

                                           Ex Obispo de Ciudad del Este


¿DIVERSIDAD O DISIDENCIA?

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S.E.R. Mons. Rogelio Livieres, ex-Obispo de Ciudad del Este

La Iglesia Católica es una. No hay varias Iglesias de Cristo. Pero si la miramos humanamente, nos encontramos con que hoy conviven dentro de ella modos muy contradictorios de pensar y vivir la fe. No me refiero a modos distintos de pensar y vivir una misma fe, lo cual es perfectamente legítimo. Más bien, vemos que se dan dentro de ella distintas clases de «fe». Insisto: humanamente hablando. Porque la fe católica es una: lo que siempre, lo que en todas partes, lo que todos los católicos han creído y han practicado, como ya decía san Vicente de Lérins. Que fue lo que enseñó Jesucristo y transmitió el Magisterio vivo de su única Iglesia.

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ESPERANZA FRENTE AL PELIGRO DE CISMA

En la Misa de Apertura del Sínodo Extraordinario sobre la Familia el Papa Francisco llamó a los Obispos a colaborar con el plan de Dios y formar así un pueblo santo. Ofrezco estas reflexiones con el deseo de servir al Papa de la mejor manera que puedo.

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A comunhão se encontra na Eucaristia e não em consensos ideológicos

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lowest cost generic cialis 2014-08-EucaristiaCarta aberta de Mons. Livieres à Igreja no Paraguai. O mundo sofre uma dessacralização e em nosso país isto tem forma de Teologia da Libertação. A comunhão na Igreja deve buscar-se e encontrar-se na Eucaristia, único e verdadeiro signo de unidade. Continue Reading


La oposición a la doctrina de la Iglesia es la garantía para el éxito

En la Iglesia, estamos encontrándonos con un fenómeno que recorrió con ella durante su historia milenaria, pero que hasta ahora no había tomado la característica que actualmente posee; se trata del hecho de que la clave para el éxito en materia de doctrina y enseñanza religiosa es la manifestación de desacuerdo o crítica a la doctrina de la Iglesia. Antes esta disidencia era tolerada, pero ahora, ya en varios medios eclesiales pasó a ser hasta privilegiada.

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No anunciar la verdad es poner en riesgo la salvación de las almas

En estos tiempos de constantes cambios y surgimiento de nuevas realidades, los cristianos nos encontramos con un nuevo desafío al que debemos enfrentarnos, porque la conformidad sería como firmar el contrato de la indiferencia que terminaría llevándonos a un silencio cada vez mayor de las verdades que nos vienen de Cristo y de su Iglesia, así pondríamos en riesgo la salvación de muchas personas.

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La Eucaristía como centro de la familia

“Jesús celebró la Pascua en casa, con su familia, con sus apóstoles, que se habían convertido en su nueva familia” (El Camino Pascual). De este modo, la familia cristiana se convierte también en la familia de Jesús. Así expresa Ap 3, 20: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo”; y se cumple cuando Jesús entra a formar parte de la unión conyugal y ofrece esta cena Eucarística, que tiene el significado de una nueva alianza donde la fuente de la gracia matrimonial es Cristo.

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